viernes, 28 de julio de 2017

Entre las escaleras y la despensa



Este es el relato II que forma parte de mi trabajo titulado “La Barbera. Una burbuja en el tiempo”.
Antes de reformarla en lo que hoy es, La Barbera dels Aragonés, era una casona misteriosa, oscura, con sus zonas enigmáticas. En ella se respiraba un ambiente tenebroso.
En ese lugar, durante el transcurso de los años, han ocurrido una serie de “extraños sucesos”, algunos de los cuales recojo en esta obra.

                                                                            Casona de La Barbera




Era un día del mes de enero de 1992. Pepica fue requerida por la señora Dª Antonia para que subiera a la zona noble de la mansión, a fin de encargarle unos recados. Abrió la cancela de hierro que impedía el paso por las escaleras, y se encaminó hacia el piso superior. Aproximadamente a mitad de la escalinata, sintió un escalofrío que le puso los pelos de punta y levantó la mirada que en esos momentos estaba puesta en los escalones.  Al final de la escalera estaba Don Pedro mirándola, con su delgadez y sus ciento noventa y pocos centímetros, vistiendo un traje oscuro con la camisa blanca abrochada hasta el cuello.

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Sus miradas se encontraron durante unos pocos segundos. Presa de espanto, se dio la vuelta y corrió escaleras abajo hasta su aposento.
Estuvo durante un largo momento sentada en el sofá, con la cabeza agachada y los brazos cruzados sobre su estómago. Mil cosas le pasaron por la cabeza. Cuando se percató que la señora la había solicitado, se levantó y volvió a subir por las escaleras, aunque con cierto recelo, despacio y mirando a lo alto.
Cuando llegó al final de las escaleras, frente a la puerta del salón, oyó que Dª Antonia estaba conversando con alguien:
─No debías haberlo hecho. Aquí, en esta parte de la casa es donde debes estar. ─Una voz masculina respondía─ Ya, pero echo de menos algunas cosas y a veces el límite se disuelve. Siempre he tenido dudas, pero ahora lo tengo todo muy claro.
Pepica no sabía cómo reaccionar, ya que allí, junto a la señora, había alguien más y ella no se había enterado de la visita. Parte de su trabajo era comunicar las visitas a la señora y en caso afirmativo autorizar las entradas.

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¡Bueno! ─Pensó─ Sea lo que fuere tengo que presentarme, ya que he sido requerida y es mi obligación.
Llamó a la puerta y pidió permiso. Le fue concedido, entró y… ¡allí sólo estaba la señora! Recibió instrucciones y siguió con su trabajo, aunque durante todo el día, de su cabeza no se le fue la idea de que la persona que hablaba con la señora era su hermano, Don Pedro.
Todo podría parecer normal, si no fuera porque Don Pedro había fallecido cuatro meses antes.
Pasaron unos meses y a primeras horas de una tarde de mediados del mes de septiembre, Pepica, subida a una silla, estaba limpiando los utensilios y cacharros de la despensa, cuando de súbito, notó, como una fría corriente de aire en sus espaldas y al mismo tiempo, la repentina impresión de que Don Pedro estaba detrás de ella. 

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Se giró bruscamente y apenas pudo ver cómo el señor salía de la estancia. En su nerviosismo, al saltar de la silla, su mano rozó uno de los enseres, provocándole un corte que la tuvo unos segundos preocupada por la poca sangre que le brotaba, e inmediatamente fue detrás del señor. Atravesó el portal entre la despensa y la sala de costura, pero no vio a nadie. Con recelo recorrió las demás estancias de la casa y advirtió que se encontraba sola, ya que la señora había salido a una visita.
Cuando regresaba para terminar el trabajo de limpieza, oyó cómo la mecedora de la sala de costura se mecía y con paso ligero se apresuró hasta allí. Se quedó estática, con los brazos caídos y con los ojos fijos en la mecedora. No había nadie pero… ¡se estaba meciendo! Inconmovible y tranquila esperó un par de minutos a que parase el movimiento, pero no, seguía con su vaivén, como si alguien estuviera sentado en ella, aunque nadie se veía allí, por lo que decidió ir a curarse la herida y continuar con su tarea. 

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A pesar de no ver la cara del personaje que vio salir de la despensa, ella afirmó que era D. Pedro y tenía que ser así porque en algunos recintos y salas de la mansión, sobre todo, las zonas nobles (exclusivas de los miembros de la familia Aragonés), jamás accedía nadie y menos varón que no fuera de la familia. También hay que aclarar que la despensa no tiene ventanas ni aberturas al exterior, pero si comunica con la que fue habitación de D. Pedro.


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